24 mar 2009
Cuaderno de viaje III
Pocas cosas realmente lo sorprendían y lograban captar su atención. Descreído de las aventuras, del enamoramiento hasta la médula, del milagro, de la caja rápida, del fast food... de su vida misma.
El día a día no era sólo uno más, sino que se le escurría como el agua entre las manos... no sabía como revertir esa sensación. Sólo cuando se escapaba a su "lugar, apto para pensamientos profundos" y el viento se avalanzaba hacia su cara y su cuerpo, avasallante y entrometido, se sentía acompañado.
La soledad era cosa de muchos, el escudo perfecto para los que preferían no enfrentarse a la realidad de sus vidas pero, para él no significaba un estado depresivo: era su elección.
Había decidido irse por un tiempo, y este mismo lugar que lo recibía le estaba haciendo cosquillas a su curiosidad.
Se quedó algunas horas allí; mateando solo. De vez en cuando miraba su reloj... le resultaba extraño no ver llegar a esa chica que, a su parecer, elegía aquel sitio por los mismos motivos que él. Sólo la soledad, el silencio, la noche estrellada...
Entendía que ella no habia notado su presencia y, sin querer se acompañaban, compartiendo el resplandor de la ciudad a lo lejos.
Hoy era una noche diferente, ella no llegó y sintió una punzada en el estómago. Sin querer, la presencia de ambos ya formaba parte de ese lugar. Era extraño... pero decidió no darle tanta importancia a un hecho realmente insignificante.
Cuando el termo expulsó la última gota de agua caliente, decidió marcharse.
Una vez más hacia la urbe inquieta...
21 feb 2009
Cuaderno de viaje II
Entre las sierras, cerca de la precordillera, un pueblo a orillas del lago.
Noche de fogón con amigos.
Mientras los demás preparaban todo, él se acercó a la orilla del Puelo y alzó la vista...
Admiró por largo tiempo las constelaciones dibujando el cielo por encima de los cerros. Nicolás había crecido allí.
Cada viernes, y siempre y cuando el tiempo lo permitiera, aprovechaba las noche de fogón para mirar el brillo de las estrellas, soñando con contemplar el cielo desde otro sitio. Aunque en esos momentos recibía los comentarios de sus amigos, porque podía olvidarse el motivo de las religiosas reuniones allí, no le importaba... se daba el gusto de perderse en la inmensidad del silencio y la naturaleza.
"Las idas y vueltas de la vida", pensaba; el trabajo, la familia... estar acostumbrado a ciertas cosas, iba demorando algunos "gustitos" que quería darse.
Algún viaje, tal vez... quién sabe.
Con el correr de los días se decidió a pensarlo seriamente, y saldar las deudas de su alma; conciliar el sueño sin reproches de su conciencia y darse la oportunidad de andar por nuevos caminos...
13 feb 2009
Cuaderno de viaje I
Si alguna vez detuvieran su vista en el cielo nocturno, alejado de las luces de la ciudad, sentirían que el manto de lucecitas diminutas y distantes, los cubren como una sábana ligera.
Valentina sabía muy bien de ésta sensación.
Esperaba aquellas noches de cielo despejado, preparaba una manta, subía a su auto y se dirigía al punto más alejado de su casa; al otro extremo de la ciudad, donde el resplandor de la urbe no interfiriera. Cada vez que llegaba allí, colocaba la manta sobre el capot del auto y se recostaba.
No pasaba más de ½ hora. Era su dosis exacta de frescura y melancolía.
Soñaba con mirar el cielo desde otro sitio (aunque fuera el mismo cielo), donde el ruido de los vehículos o las luces no estorbaron.
Así, decidida, emprendió su viaje.
8 ene 2009
Reflexiones de una tarde gris
Día IX
No sé si te he soñado... pero desperté con la sensación de tu presencia -real, palpable-, a mi lado.
Al bajar del colectivo el cielo continuaba despedazándose gota a gota.
La lluvia te trajo a mi memoria y ya no intento luchar contra tu recuerdo. Lo suelto en las hojas (a cuentagotas, lo sé), se filtra a través de los renglones.
Me recorrió el frío, de pies a cabeza; allí, junto a la ventana con mi taza de té negro semicargado.
Poco a poco el cielo va despejándose y mi vista se pierde en las nubes que brillan entre tonos grises y blancos bajo los últimos rayos del sol, y vuelvo...
La lluvia era intensa: golpeaba con fuerza los vidrios de las ventanas largas, de madera gastada y vidrios opacos, empañados; azotaba despiadada el suelo; parecía desarmar las hojas de los árboles.
Las gotas se escurrían entre los ladrillos de las casas. Todo ese paisaje que tantas veces me abrigaba con sólo mirarlo, hoy luce triste y desolador.
La impaciencia sólo puso en evidencia tu ausencia. Nuevamente se diluyó tu imagen tan clara, tan vívida; una vez más te escabullís en los relatos que releo como quien intenta encontrar desesperadamente algo perdida... revolviendo la nada.
11 ago 2008
Una que me contaron (5º entrega)
V
Ella no podía deshacerse de la imagen de aquel hombre entrando al recinto.
Un sobresalto conmovió su corazón.
Perturbadores pensamientos amenazaron con poner en evidencia la fuerza con la que sus latidos hacían eco del sentimiento que la tomó por sorpresa.
Sus miradas se buscaron, sin esperar enocntrarse, hasta que sucedió.
La primera impresión fue tan cálida e intimidante, como tentadora.
Un escalofrío la recorrió crispando su piel, poro por poro.
Sintió ruborizarse por un instante.
Las personas circulaban en direcciones opuestas. El bullicio se mezclaba con la suavidad de una melodía a lo lejos. Tan pronto como se detenía, su consciencia retumbaba dentro de su cuerpo con millones de palabras.
¿Por qué alarmarse tanto?
Sin embargo, se sentía atraída por él; ese halo de misterio que lo envolvía era provocativamente excitante. Pocas veces se sintió así, y estaba decidida a ir hasta el final de este impulso.
6 jun 2008
Una que me contaron (4º entrega)
Él se sentó a su lado; teniendo tantos lugares eligió ése, que le permitía susurrar a su oído todo lo que llenaba ahora su vida.
Ella lo escuchaba, fingiendo atención.
-Créanme, no era descortés; era todo lo que podía hacer en aquel momento, mientras sus dedos nerviosos se enredaban en el pelo, girando sin cesar.-
Absorta ante el sonido que desprendía su voz, intentó disimular las ganas de tomarlo de la mano; salir, perderse, solos los dos.
Durante un buen rato conversaron sobre trivialidades. el típico "Cómo estás? ¿Qué es de tu vida?" (preguntas "de cortesía", pensó... que otras tantas veces le molestaba responder. AHora, nada. CUalquier hilo de palabras era el mejor motivo para estar a su lado un poco más).
Él le acercaba el mate con una sonrisa sencilla y ojos pícaros.
Esa mirada que le regalaba a cada segundo la intimidaba tremendamente. En su mento sólo se repetía el deseo de que las agujas del reloj no corrieran con tanta prisa, como si alguna extraña magia fuera a cumplir su deseo, sólo por repetirlo incansablemente.
Aquella sensación de incomodidad, excitación, intriga, inocencia... era demasiado fuerte para dejarla escapar y, a la vez, sentía no tener las fuerzas suficientes para retenerlo un poco más.
Sin saberlo, él la tenía. A toda ella: su cuerpo, su alma, su mente.
La tenía, sí, entre sus manos; pegada a él, rodeada por sus brazos; entre sus labios...
La tenía.
Y él, pensando quién sabe en qué cosas.
17 abr 2008
Una que me contaron (3º entrega)
Los días ya no transcurrieron de la misma manera. Dejaron de ser rutinarios, "normales".
Durante la primera semana se buscaron. Ella lo sabía. Sabía que él buscaba contactarse con ella. Sonreía al imaginar las excusas que usaría para construir el puente que lo llevaría de nuevo a ella.
El reencuentro estuvo cargado de silencios; de preguntas ahogadas en las ganas.
Algunas veces se fugaron a bordo de su propia ilusión; pretendiendo fingir creerse, aunque sea por un momento, que no existía nadie más que ellos dos. Y el tiempo no pasaba, se detenía ahí mismo: en las complicidades, en la magia creada. Y de las palabras nacían alas que los invitaba a viajar tan lejos de sus propias mentes que el retorno se hacía crudo, sin saber cómo seguir; cómo retroceder en el camino recorrido.
Allí, en ese espacio hermosamente grande e íntimo, se entregaron.
Escapaban para perderse el uno en el otro. Se atrevieron a bajar las barreras, disfrutando sus encuentros sin culpas, sin remordimientos, sin pensar en explicaciones o excusas.
No habría que cuidarse de sí mismos.
9 abr 2008
Una que me contaron (2º entrega)
II
Una gota, otra... luego otra y otra mas; corriendo por la ventana, primero lento, luego con prisa, una tras otra.
El cielo teñido de un gris amenazante, perturbador.
Las nubes espesas eran el fiel reflejo de pensamientos que lo torturaban.
Miraba a traves de la ventana, con sus ojos deseosos, esperando encontrarlo allí, bajo la lluvia que era la misma (a pesar de la distancia), yendo a su encuentro.
Alguna vez él había compartido esas tardes; había recorrido su cuerpo aferrándose a su piel, tan suave. Aún en esa lejanía sus palabras eran tan reales; aún sólo ese deseo (sincero o no) de enredarse con ella en un mar de caricias y besos, le bastaba para añorarlo.
Afuera, el ladrido de los perros lo devolvió al presente, pero eso no fue suficiente. Ella estaba anclada en su memoria.
Recorrió una y mil veces aquella tarde en su compañía. Se preguntaba cómo, sin más, habían llegado allí. La manera sutil en la que se invadieron la vida mutuamente.
Con cierto temor descubrió que su corazón habia dado un salto cuando la vió.
¿Cómo desandar este camino?
Notó que los perros dejaron de ladrar.
Se volvió hacia la puerta cuando escuchó el ruido de la llave girando en la cerradura.
3 abr 2008
Una que me contaron (1º entrega)
I
Se miraron durante largo tiempo. Se recorrieron.
Sus sonrisas demostraban complicidad.
Él detuvo su mano sobre el cuello de ella, sosteniendo su rostro (ahora tan cerca de su boca).
Algo en ella lo ligaba tanto! No comprendía. Tenía que dejarla pero, a la vez, no podía… no quería.
Notó que el pulso se aceleraba (el de ambos). Sus dedos se deslizaron suavemente por aquel rostro suave, sonrojado. Sentía el calor en sus mejillas.
Con una enorme dificultad contenía el deseo de besarla; comerle la boca lentamente y, sin embargo, prolongaba el momento perdiéndose en su cálida mirada.
Ojos tristes; lo advertía.
¿Cómo era posible?... encontrarla y perderla. Desearla y negarla. Amarla y liberarla.
Mientras en su cabeza giraban miles de situaciones, ella le recordó la prisa que llevaba.
No sostenía la mirada, pero podría quedarse a vivir entre sus manos.
Sus rostros tan cerca el uno del otro; su respiración penetrante. Sentía que compartían el mismo aliento.
¿Cuánto más detener el tiempo?... cuánto más?
¿Desencuentros y encuentros?... curiosidades del destino.
Esta es una de esas historias
Lo que últimamente me ha dejado sin palabras
Carta...
Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo
porque en el fondo es todo
como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera, y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía,
todo eso que es tan poco
yo lo quiero de vos porque te quiero.
Que mires más allá de mi,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,
y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de libertad.