4 dic 2008

Reflexiones de una tarde gris


Día VII



A medida que pasan los días vuelve a mi memoria tu recuerdo. La vaga figura de tu rostro, que no conozco. El sonido único de tu voz, que jamás oí.
En mi interior se desató una lucha sangrienta por evitar evocarte en mis letras, en la música, en los paseos junto al río.
Estamos tan lejos que, a veces, te confundís con un personaje ficticio; con uno de mis relatos. Y se desdibuja de mí tu esencia, y te pierdo entre las hojas que he escrito, y me descubro impaciente buscando algún indicio de que tu aliento es real, de que tu abrazo es cálido, de que tu mirada es sincera…
No sé si te he soñado...



La lluvia me encontró, finalmente, sentada en el banco de la plaza. Dejo de escribir y busco la parada de ómnibus más cercana.
Entre mis brazos y contra mi pecho, las hojas salpicadas por las gotas, y el deseo de encontrarte a la vuelta de la esquina.
Con tristeza descubro que algunas de esas gotas atrevidas corrieron la tinta y muchas de las frases más sentidas y elaboradas, se diluyen entre las grietas del papel.

En poco tiempo las calles se vacían y sólo unos pocos intrépidos se animan a caminar bajo la lluvia… sobre las baldosas sueltas de la inmensa ciudad que ahora parece un pueblo abandonado, a la sombra de una tormenta que se intensifica con el correr de los minutos

2 comentarios:

SANTIAGO dijo...

pardiez!!!! y yo que no salgo cuando llueve ... que he hecho! si llega a ver un loquito sin paraguas saltando charcos, chifle!

p.d: muy muy muy lindo lo que escribió!

Steki dijo...

Andru, qué lindo!
La lluvia me da melancolía, aunque ya rayando en la tristeza.
No me gusta mucho, sólo un poquito nomás.
El sol es para mí una inyección de vida.
Nunca había entrado a este otro blog tuyo, jaja.
Me alegra mucho saber que has posteado de nuevo.
Un abrazo de luz para ti, amiguita.
BACI, STEKI.

Lo que últimamente me ha dejado sin palabras

Julio Cortázar... como siempre

Carta...

Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo
porque en el fondo es todo
como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera, y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía,
todo eso que es tan poco
yo lo quiero de vos porque te quiero.
Que mires más allá de mi,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,
y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de libertad.